Vivir Endo-lor
Hace siete meses fui diagnosticada con un endometrioma de casi 4 centímetros, éste quiste era síntoma de endometriosis, enfermedad que padezco desde que empecé a menstruar y con la que he vivido sin darme cuenta.
Mi vida antes del diagnóstico era dura: los síndromes pre-menstruales me agotan emocionalmente, comienzo con dolor (no incapacitante) una semana antes de que la menstruación se presente, me inflamo del vientre, tengo calor por la noche y eso me impide un sueño placentero, los olores se agudizan y casi todo me da asco. Pero creo que lo peor es que mi vida pierde sentido una semana enterita al mes. ¿Cómo es esto posible? Así es la vida de las mujeres con endometriosis. Yo, por mi parte, puedo agradecerle al azar que no tengo dolores sin menstruar y que mis dolores solo a veces me impiden salir a trabajar. La incomodidad y el dolor son profundos, por supuesto. Pero bien dice el dicho: "de los males, el menor".
Una de las consecuencias de la endometriosis, es que puedes tener 70% de infertilidad. A muchas mujeres las operan para poder aminorar los dolores y, en algunos casos, incrementar su posibilidad de embarazarse. Otro tratamiento son las pastillas (la mayoría de las veces anticonceptivas) o de aquellas que fueron desarrolladas exclusivamente para la endometriosis, que terminan con la producción de tejido endometrial, que es el causante del dolor al crecer en lugares que no debe. Esto supone para las mujeres una menopausia inducida. Para muchas de nosotras es triste. Yo tomé ese medicamento y me ponía peor anímicamente que cuando estaba en mi síndrome pre-menstrual; era como estar agotada físicamente, tenía mucho sueño y siempre me sentía triste. No soy médico, pero creo que la palabra adecuada es "depresión". Una vez, volviendo del trabajo, me quedé dormida frente al volante, le di un tallón a mi auto y afortunadamente no golpeé a ninguna persona o perrito.
El hecho de no poder embarazarme... de esto hablaré en otra ocasión.
La endometriosis es una enfermedad que hemos sufrido las mujeres a lo largo de la historia y que ha sido invisibilizada, como nosotras, por considerar que debemos sufrir. Traigamos a la memoria a la hemorroísa, del capítulo 5 de Marcos:
Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"» Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad»
A veces, lo único que puede salvarnos a nosotras las mujeres, es la fe. Si no nos ayudamos solas, nadie nos ayuda, excepto esa fuerza sobrenatural que es Dios. La hemorroísa tenía años con su sangrado abundante y se avergonzaba de estar entre el gentío, porque la menstruación es siempre motivo de asco para la mayoría de las personas. Mi madre me enseñó a ocultar en la basura, bien envueltos, los papeles sangrados o la compresa empapada. A veces pienso que más que por higiene era por vergüenza. Esa mujer que se atrevió a tocar el borde de su manto, recibió la gracia esperada. Solo un milagro puede curarnos de la endometriosis, porque la mayoría de los médicos son –me atrevo a decirlo– machistas y esperan que las mujeres aguantemos el dolor y lo aceptemos como algo natural. Los médicos por los que he pasado (incluyendo una mujer), tenían la intención de operarme o atiborrarme de pastillas anticonceptivas o que me ponían así de mal.
La Celestina, en cambio, tenía para Areúsa, quien sufría de "mal de madre" el coito terapéutico. Son curiosas las dos formas de tratar el dolor: una espiritual, otra carnal. Yo sé que para la endometriosis no hay cura, que "es como un cáncer benigno, que no te va a matar pero te va a doler", como me dijo el último médico al que fui. Luego de meses de altibajos emocionales y sangrados intermitentes, decidí dejar el tratamiento. No fui una irresponsable. Decidí dejar que la endometriosis siga su curso en mi vida, porque he leído otros testimonios y no me va tan mal como a otras mujeres. Cuando aceptas la enfermedad, te resulta más sencillo vivir. Ahora, intento no sufrir tanto en mis síndromes pre-menstruales, estoy asistiendo a terapia psicológica y hago yoga para aminorar el dolor. Mi alimentación es tema pendiente, porque no me gusta cocinar, pero lo que comes es decisivo en la enfermedad.
La vida de la mujer es complicada. La vida de la mujer con endometriosis es mucho más complicada. Esperemos que la medicina encuentre un fármaco que ayude, y que no inhiba la menstruación ni la ovulación, que nos permita ser libres. Esperemos que los médicos no sean tan patanes y no esperen meternos cuchillo a la primera consulta. Esperemos también que Dios nos ampare.
Ahora, en 2025, a tus 41 cómo es vivir con esa condición? Aminoró algo el dolor?
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